jueves, 23 de febrero de 2017

EL NIÑO DE COLOR Y EL GLOBERO


 Como cada domingo, la gente del pueblo había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en
la plaza principal, en donde estaban los juegos y los puestitos de
venta de cuanta cosa linda una pudiera imaginarse.
Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos
populares. Había venido de lejos todo un circo, con payasos y
equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían
hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y
juguetes para que los chicos gastaran allí  los pesos que sus padres o padrinos les habían regalado con objeto de sus cumpleaños, o
pagándoles trabajitos extras.


Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de
todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por su
tamaño. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido, o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran
originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las
personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar algunos.


Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que
toda la gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo
extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. 

El cielo estaba clarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el oeste por el viento quieto de aquella hora. El primer niño gritó:
-¡Mira mamá un globo!


Inmediatamente fueron varios más que lo vieron y lo señalaron a sus
chicos o a sus más cercanos. Para entonces, el vendedor ya había
soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico
espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al
cielo.


Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores
colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que un
tropilla de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su mamá  le comprara  un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos,
consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y
que eran muchos. Porque realmente tenía globos de todas formas,
tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.


Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos,
miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si un honda angustia
se hubiera apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se
dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente, y se rehusó a tomarlo.
-Te lo regalo, pequeño-le dijo el hombre con cariño, insistiéndole
para que lo tomara.


Pero el niño negro, de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo. Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño que era entonces lo que lo entristecía. Y el negrito le
contestó, en forma de pregunta:


-Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene ahí ¿Será que sube
tan alto como los otros globos de colores?
Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:-Hace vos mismo la prueba. Soltalo y verás como también tu globo sube igual que todos los demás.


Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y
su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente
lo mismo que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a
palmotear, a reírse de puro contento y felicidad.
Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita
enrulada, le dijo con cariño:


-Mira pequeño, lo que hace subir a los globos,al igual que a las personas no es la forma ni el

color, sino lo que tiene adentro.

LOS PELÍCANOS DE LA BAHÍA DE MONTERREY


En la Bahía de Monterrey(USA), durante muchísimo tiempo una compañía japonesa de pescado enlatado, contó con la concesión para tener sus buques fábricas que atrapaban el pescado, lo procesaban y de ahí mismo salía listo para ser distribuído en los mercados de la Unión Americana.

Generación tras generación, los pelícanos que ahí habitaban, prosperaron sin demasiado esfuerzo, pues los desperdicios de pescado llegaban a la costa y lo único que tenían que hacer era pasearse por la bahía, gordos y felices comiendo cuanto quisieran, sin esforzarse demasiado.

Hasta que las políticas cambiaron y un nuevo gobierno excesivamente proteccionista retiró la concesión a los japoneses; quienes se fueron de ahí con sus buques fábrica y se trasladaron a los mares de Noruega.

Y entonces ocurrió la que fué la mayor catástrofe ecológica que la Bahía hubiera vivido: Los pelícanos empezaron a morir; primero a decenas y despues, cientos de pelícanos moribundos yacían tendidos a lo largo de la costa.
Corrieron rumores de un virus letal o hasta que los japoneses, en venganza habían envenenado las aguas.

Cuando los investigadores acudieron a investigar, llegaron a la conclusión de que los pelícanos estaban muriendo de hambre. Generación tras generación de alimentarse sólo en las costas, había atrofiado sus capacidades y los pelícanos no se internaban mar a dentro en busca de su alimento.

¿Cómo los rescataron? Muy sencillo: Trajeron pelícanos de otras costas y los pelícanos que aún tenían fuerza suficiente reaprendieron a atrapar su alimento mar adentro.





Somos el promedio de las 5 personas con quienes más convivimos.




Si quieres aprender a volar, júntate con pelícanos que sepan volar.

EL NIÑO QUE ARMÓ EL MUNDO -SI TÚ ESTÁS BIEN, EL MUNDO TAMBIEN

Una historia que nos enseña que está en el hombre la solución a los problemas del mundo


Un cientifico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. 

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que 
pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. 

De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recorto el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entrego a su hijo diciendo: 

- "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie". Entonces calculo que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escucho la voz del niño que lo llamaba calmadamente. 

- "Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo". 

Al principio el padre no creyó en el niño. Penso que seria imposible que, a su edad haya conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levanto la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? - "Hijito, tu no sabias como era el mundo, ¿cómo lo lograste? 

- Papa yo no sabia como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que si sabia como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.

LA SUBASTA DEL VIOLIN -EL TOQUE DEL MAESTRO

En cierta ciudad americana se estaba realizando un remate popular en que figuraban una gran variedad de objetos. Entre ellos había un viejo violín que el martillero apenas pensaba que valiese la pena de ofrecer, de tan deteriorado que estaba.
Pero, de todos modos, lo levanto, y, sacudiendo el polvo, anunció con una sonrisa: “aquí tienen Señores su oportunidad, ¿quién iniciará la postura? … ¿Cuánto me ofrecen por el violín?”
Una voz respondió: “Un dólar.” “¿Un dólar, no más?” preguntó el martillero; “¿quién me ofrece dos?”. Tras una pausa, otro ofreció dos dólares; y finalmente un tercero ofreció tres, pero era evidente que no había más interés.
Estaba el martillero en el acto de levantar su martillo para rematar el violín en tres dólares, cuando divisó a un anciano de canas que venia avanzando hacia él. y se detuvo. El martillo no descendió. En cambio, el anciano pidió permiso para tocar el instrumento, permiso que le fue concedido.
Toda la concurrencia entonces le observó mientras ajustaba las cuerdas y colocaba el violín en la posición correcta para tocarlo. Y luego, tomando el arco, el viejo violinista comenzó a tocar la más maravillosa melodía que oídos humanos jamás hubiesen oído. Con singular maestría continuó tocando mientras su audiencia contenía su aliento, fascinada y extasiada. Les parecía que estaban escuchando un coro celestial; y algunos, conmovidos, lloraban.

Entonces, en medio del silencio y expectación de todos, el martillero, con voz suave y casi reverente, volvió a hablar.
“Señores, ¿qué me dicen AHORA? … Cuánto me ofrecen AHORA por el viejo violín?”. Para espanto de algunos y admiración de otros, resuena una voz que dice: “¡Mil dólares!” Otro postor ofrece dos mil; un tercero tres mil; y en ese precio fue vendido.
Entre otras voces se oía una que preguntaba: “¿Cómo pudo el violín cambiar de valor tan fenomenalmente en tan poco tiempo?”. Y la respuesta dada fue muy acertada: “Fue el toque de la mano del maestro”.

EL SÍNDROME DEL CANGREJO MEXICANO

¿Cuál es su primer pensamiento cuando se enteran de que a alguien le está yendo bien? ¿Que de probablemente no tener nada, ahora goza de una buena posición, lujos y dinero? Pocas personas conozco que se alegran de corazón. La mayoría se cuestiona cómo alguien pudo llegar a tener eso que ellos no tienen.

El síndrome del cangrejo mexicano no es un mito, es un espantosa realidad de nuestra sociedad.
Definido de la siguiente manera: El síndrome del cangrejo mexicano es una teoría de la psicología social en la que alguien al no lograr sus objetivos, o subir de puesto, culpa a la sociedad de sus fracasos personales, creyendo que todos conspiran contra el.
El concepto fue desarrollado por Sigmund Freud, quien se inspiró en una ida a la pescadería, donde encontró un señor vendiendo cangrejos vivos en una cubeta. Había 3 cubetas, con cangrejos americanos, cangrejos japoneses y cangrejos mexicanos. De las 3 cubetas, solo la de los cangrejos mexicanos estaba sin tapadera.
El vendedor explicó que si no tapaba a los cangrejos americanos, empezaba uno a escalar hasta que por esfuerzo propio saltara de la canasta y se escapara… con los cangrejos japoneses.
Con los cangrejos japoneses era similar, cuando uno se quiere escapar, empieza a apoyarse en los demás, y éstos van empujándolo hacia arriba apoyados en otros y así sucesivamente, de tal manera que se forma una pirámide hasta el borde y entonces el cangrejo se escapa.
Los cangrejos mexicanos, en cambio, cuando uno está tratando de sobresalir, entre todos se encargan de jalarlo para abajo.1
Esto no debería de ser novedad, pero desgraciadamente para mi se ha hecho mucho más evidente al tener la oportunidad de trabajar fuera de mi país. Me he encontrado con mexicanos, especialmente en Twitter que me preguntan si me dedico a tratar blancas, si me vine de mojada cruzando el Río Bravo, si trabajar en casas “deja bien”. Incluso el otro día leí que “todos los mexicanos que van a trabajar a EU son nacos.” La ignorancia es absoluta. No pueden creer que una mujer mexicana preparada pueda alcanzar un puesto ejecutivo en una compañía multinacional. Dudamos de nuestras propias capacidades. Es lamentable que la gente hable a partir de la ignorancia. Mucha gente se sentiría ofendida, yo no. Imagino su vida limitada y patética y solo puedo agradecer mis oportunidades. Tan limitados que no se dan cuenta que para la mayoría de la gente que lo hace es porque en su propio país son discriminados y no tienen ninguna posibilidad de salir adelante. Obvio esas personas aquí ya traen su iPhone 7 y los que los critican no lo pueden comprar.

Nos hacen falta muchas cosas como mexicanos para poder ser un país de primer mundo, empezando por echar abajo nuestros prejuicios, paradigmas, nuestras barreras emocionales y psicológicas.
Sabemos que existe mucha corrupción en nuestro país y sería incluso irrisorio no reconocer cuales son nuestros defectos como país pero también existe mucha gente capaz, brillante, honesta, trabajadora, innovadora, visionaria, ambiciosa y esas son las cosas que debemos aplaudir, apoyar, presumir y empujar para que sean lo que representa a nuestra sociedad.
Hay muchas características que nos hacen falta y de las cuales podría hablar, como: ser puntuales, trabajadores en equipo, honestos, respetuosos, evitar la desidia e infinitos más. Podría extenderme mucho en cada una de éstas, para mi se resume en que es una cuestión de educación y valores, no importa si se es rico o pobre, si se vive en la ciudad o en la sierra, si se anda en Mercedes o en metro. Se trata de lo que transmitimos, de lo que también llevamos en los genes y es admirable como nuestra alegría, creatividad, ingenio, patriotismo. ¿Que vas a hacer hoy para llegar a eso?
No existe tal cosa como “envidia de la buena”. Recordemos siempre que el sol sale para todos.

LA SUBASTA DE SATANÁS

Cierta vez se corrió la voz que el diablo se retiraba de los negocios y vendía sus herramientas al mejor postor. 

En la noche de la venta, estaban todas las herramientas dispuestas en forma que llamaran la atención, y por cierto eran un lote siniestro: odio, celos, envidia, malicia, engaño... además de todos los implementos del mal. 

Pero un tanto apartado del resto, había un instrumento de forma inofensiva, muy gastado, como si hubiese sido usado muchísimas veces y cuyo precio, sin embargo, era el más alto de todos. 

Alguien le preguntó al diablo cuál era el nombre de la herramienta. "Desaliento" fue la respuesta. 

"¿Por qué su precio es tan alto?" le preguntaron. "Porque ese instrumento" -respondió el diablo- "me es más útil que cualquier otro; puedo entrar en la conciencia de un ser humano cuando todos los demás me fallan, y una vez adentro, por medio del desaliento, puedo hacer de esa persona lo que se me antoja. Esta muy gastado porque lo usó casi con todo el mundo, y como muy pocas personas saben que me pertenece, puedo abusar de él..." 

El precio de desaliento era tan, pero tan alto que aun sigue siendo propiedad del diablo... 

El desaliento es uno de los estados de ánimo contra el cual es indispensable fortalecerse. Nos desalentamos con la situación económica, con nuestro trabajo, con nuestra familia, con la necesidad de cambio, con los grupos de amigos, con el engaño, con la mentira, con el desamor...


Debemos mantenernos alertas contra el desaliento. Pero si hay un tropezón o una caída no hay que entregarse. Después de cada día se empieza otra vez desde un punto más alto. 

El cielo y el infierno



Un hombre habló con el Señor acerca del cielo y el infierno.
El Señor le dijo a ese hombre: "Ven, te mostraré el infierno".

Entraron en una habitación en donde un grupo de personas se encontraba sentado alrededor de una enorme olla de guisado. Todos estaban desesperados y muertos de hambre.
Cada persona sostenía una cuchara que tocaba la olla, pero cada cuchara tenía un mango mucho más largo que su propio brazo, de tal manera que no podía utilizarse para llevar el guisado a sus bocas. El sufrimiento era terrible.
"Ven, ahora te mostraré el cielo", dijo el Señor, después de un tiempo.
Entraron en otra habitación, idéntica a la primera, la olla de guisado, el grupo de personas, las mismas cucharas con mango largo. Sin embargo, allí todos estaban felices y bien alimentados.
"No comprendo", dijo el hombre. "¿Porque están felices aquí, si en la otra habitación se sienten miserables y todo es igual?"
El Señor sonrió. "Ah, es sencillo", respondió. "Aquí aprendieron a alimentarse mutuamente".

Es decir, mientras que en el infierno cada uno quiere comer con su cuchara y no es capaz de compartir con los demás, en el cielo cada uno piensa primero en el hermano y con su propia cuchara lo alimenta al otro.